lunes, 7 de mayo de 2012

“Mi confrontación con la docencia”


Mi confrontación con la docencia
En este primer módulo de la Especialización de competencias docentes hemos realizado una reflexión sobre la actividad que hemos elegido, es decir, la docencia, cómo llegamos a ser profesores y cómo percibimos nuestra labor.
Para empezar debo confesar que si me dieran a elegir mi profesión en este momento no dudaría en ser profesora. Amo mi labor y he tenido la oportunidad de combinar la literatura, uno de mis grandes amores, con
y
dar clases. No creo que haya comenzado en la docencia por azar sino que siempre quise ser maestra. Si bien no estudié la normal, siempre tuve en mente que mi mayor anhelo era ser docente, y esto lo digo porque desde niña mi recámara contaba con pizarrón y un montón de muñecas, yo no jugaba a la mamá sino a la maestra.
Siempre supe que si deseaba convertirme en maestra no era necesario estudiar para serlo, mi mamá había sido literata y profesora. Por ello, me decidí a estudiar letras hispánicas y desde los 19 años doy clases. Empecé dando teatro para secundaria y talleres de cuento en bachillerato y secundaria. No voy a negar que fue difícil dar clases, pero a tan temprana edad lo tomé como un juego, pues trataba con gente de mi edad y no tenía una gran responsabilidad puesto que mi materia no era parte de las calificaciones oficiales.
En realidad, fue
a
la edad de 21 años que inicié mi verdadera carrera como maestra de secundaria. Acababa de terminar mi licenciatura y mis conocimientos estaban frescos. La primera vez que me paré frente a mi grupo, recuerdo bien que fue 1º “A”, estaba sudando, sentía que el tiempo pasaba lento y desde ese instante sabía que tenía que poner reglas, debía tomar en serio lo que estaba a punto de empezar y me dio miedo la responsabilidad de tener frente a mí a un conjunto de adolescentes ansiosos y revoltosos.
Ahora que he leído el texto de Esteve y que he revisado las aportaciones de mis compañeros me doy cuenta que aprender a ser maestro cuesta; sin embargo, vale la pena. He aprendido de mis errores y de mis alumnos, porque ellos me han ayudado a hacer mejores mis clases; he aprendido, aunque al principio fue por intuición, a transmitir el amor por los libros, no a todos mis alumnos, pero sé que algunos lo aprendieron, y ése es un motivo de satisfacción, ver que con el paso del años soy recordada por los libros que leímos o por los cuentos que, 10 minutos diario, leía con entusiasmo a mis estudiantes.
Así fue como me inicié como profesora. Sudando la gota gorda, poniendo reglas de disciplina, que a veces a mí se me ha hecho difícil cumplir, preparando clases que inspiren a preguntar por mi materia, y también, debo aceptarlo, he aprendido a ser ridícula para que el tema quede claro, me he reído de mí y conmigo; sin duda, a veces los estudiantes son fijones y criticones, pero sé que nunca, al menos eso creo, lo harán con dolo, y me río de que se pregunten por cosas personales; sin embargo, esa manera suelta de tomar las cosas, me ha ayudado a propiciar un ambiente cómodo de trabajo: reírse cuando se debe y trabajar cuando se tiene. Además de ayudar a que los alumnos se expresen con cierta libertad, y de ser posible ayudarles en sus asuntos personales, no doy consejos, pero sé escuchar y trato de decir lo que pienso, si a alguno le ha servido ¡qué gusto! Todo sea por el amor a la docencia.
Hace apenas un año inicié de lleno mi participación docente en el nivel medio superior, en el Colegio de Bachilleres y aunque me fascinó mi paso por la secundaria, ahora quiero consolidarme en este nivel que me ha dejado encantada, por ello estudio esta especialidad. Ser docente en nivel medio ha sido una forma de superarme y aprender, de impartir la literatura desde otra perspectiva, ahora sí me encuentro en temas únicamente literarios. De ahí mi felicidad por ser docente en otro nivel, incluso, social, pues siempre trabajé en escuelas particulares, y ahora que me encuentro con otro tipo de jóvenes me enorgullece saber que también aquí puedo ser maestra que comprende y lee, da clase y propone proyectos.
La verdad, es que quiero seguir en esto y llenarme de buenos y malos recuerdos. Porque en esta profesión también hay momentos malos, uno de ellos ha sido entrar al sistema público, me fue muy difícil, pero ha valido la pena. Asimismo, en el sector privado nos encontramos con bajos salarios, y sin embargo ahí estamos. Además, a veces no tenemos la infraestructura que deseamos para hacer mejor nuestro trabajo y, también, grupos que no siempre simpatizan con uno, por lo que se debe procurar acercarlos a nuestra materia, como dice Esteve “que se cuestionen”, en efecto, si uno no tiene ganas de saber, nunca buscará respuestas; así que hay que buscar preguntas que los jóvenes puedan hacerse y provocar en ellos el deseo de aprender.
El miedo de estar frente al grupo ha ido desapareciendo, pero siempre es emocionante empezar un semestre, la cosquillita de saber quiénes serán mis alumnos me invade, me pregunto cómo serán y qué materiales deberé corregir según mi apreciación de los primeros días, el diagnóstico siempre es importante para una buena planeación. Luego, plantear actividades que busquen la solución de problemas y sintetizar los conocimientos básicos, leer textos atractivos y buscar, constantemente, nuevas formas de evaluación. Siempre que puedo debo proponer proyectos que socialicen nuestro trabajo cotidiano, uso nuevas tecnologías, los animo a usarlas no sólo para el ocio, sino también para el trabajo.
Así pues, para mí esta profesión es lo que siempre quise hacer, aun cuando me he topado con desalientos, miedos y dificultades, siempre he buscado ser feliz en lo que hago, aunque a veces no se valore mi labor, lo más importante, siempre, han sido y serán mis alumnos. Por eso hay que seguir aprendiendo y mejorando, enseñar implica transformar y empiezo por mí, me gusta crecer y aprender, porque la educación es movimiento.